“Rechazamos la estigmatización de una provincia construida por gente honesta y trabajadora”.
La introducción, como el grato sonido de un aplauso prolongado, va trazando una radiografía de Ocoa. Lo hace de manera sutil, casi imperceptible, presentando un pasado luminoso como si fuera un señuelo: sus jardines, sus ríos, sus montañas, la riqueza de su producción agrícola, el crecimiento de su turismo y la nobleza de su gente.
Pero, de repente, como la espada de Damocles suspendida sobre una cabeza confiada, el relato cambia de dirección. Sin transición ni matices, descarga un golpe implacable que empuja a Ocoa y a los ocoeños hacia las profundidades abisales del infierno de Dante, sustituyendo la complejidad de una comunidad por el peso de una condena colectiva.
Ocoa es una tierra bendita, forjada por hombres y mujeres laboriosos que, desde hace generaciones, han contribuido de manera extraordinaria al desarrollo de la nación dominicana. Lo han hecho con aportes tangibles, como el impulso permanente de su agricultura, y también con contribuciones intangibles de un valor incalculable: sus hijos han enriquecido la cultura, la educación, la ciencia, las profesiones, el pensamiento y el servicio público.
Es una provincia cuya historia está cimentada sobre profundas convicciones sociales, el respeto a las normas, la solidaridad y el trabajo honrado. Por ello, no puede ni debe ser estigmatizada de manera reiterada, ni mucho menos condenada a cargar con un descrédito que mancilla injustamente el nombre de todo un pueblo y de generaciones que nada tienen que ver con los hechos que se denuncian.
El flagelo de las drogas, así como su distribución y comercialización, constituye un problema que afecta a toda la sociedad y no una realidad exclusiva de Ocoa. Quienes conocen nuestra provincia, quienes han vivido en ella o han trabajado por su desarrollo, saben perfectamente que el espíritu que la define es el amor por la vida, el trabajo digno y la convivencia respetuosa.
Somos los primeros en exigir una investigación exhaustiva y transparente, así como la identificación y sanción ejemplar de quienes estén detrás de cualquier hecho delictivo que hiera la sensibilidad de nuestro pueblo. Pero esa legítima exigencia de justicia no puede convertirse en una licencia para mancillar, de manera sistemática, el buen nombre de una provincia ejemplar.
Defender a Ocoa no significa encubrir a los culpables; significa impedir que la culpa de unos pocos se convierta en la condena de todos. Significa preservar la historia, el prestigio y el legado de hombres y mujeres que, con su trabajo, su inteligencia y su integridad, han hecho de nuestra provincia un referente de dignidad y una auténtica luz para la República Dominicana.



