La falta de regulación en el uso de la inteligencia artificial, combinada con el poder manipulador de los deepfakes, representa un serio peligro para la confianza pública y el sistema de partidos políticos en la República Dominicana.
Por: Bryan C. Jackson Lluberes
El autor es abogado y profesor universitario
En los sistemas democráticos modernos, la estabilidad de los partidos políticos y la legitimidad de los procesos electorales descansan sobre un bien intangible pero fundamental: la confianza pública. Esta confianza, aunque invisible, sostiene el delicado equilibrio que garantiza la estabilidad política, la gobernabilidad y la continuidad pacífica del orden democrático. Sin embargo, el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial (IA), y particularmente de los denominados deepfakes, amenaza con minar las bases mismas de ese frágil sustento.
La historia nos ofrece ejemplos de cómo las mentiras bien construidas pueden destruir reputaciones y provocar daños irreversibles. Hace más de dos mil años, durante el juicio a Jesús de Nazaret, se presentaron testigos falsos que lo acusaron de blasfemia y de amenazar con destruir el templo. Aquellos testimonios, aunque falsos, pesaron en la condena. La repetición de los falsos testimonios encendióa las multitudes, que terminaron exigiendo su crucifixión. Consumada la sentencia, no hubo marcha atrás; el daño estaba hecho, aun cuando su inocencia fue reconocida por muchos después.
Hoy, en un escenario tecnológico muy distinto, pero bajo la misma lógica de manipulación, la inteligencia artificial, a través de los deepfakes, permite fabricar imágenes, voces y videos falsos, que, difundidas sin control, destruyen reputaciones políticas, manipulan elecciones y erosionan la confianza pública en las instituciones democráticas.
Los deepfakes —videos hiperrealistas generados por IA que falsifican la imagen y la voz de personas públicas— pueden mostrar a líderes políticos cometiendo actos que jamás realizaron: desde declaraciones ofensivas, hechos antimorales hasta conductas delictivas o de corrupción. A diferencia de los rumores o noticias falsas tradicionales, estas piezas audiovisuales tienen un enorme poder de persuasión emocional, capaz de generar impactos inmediatos e irreversibles en la percepción ciudadana.
En este contexto, la ciudadanía, al enfrentarse a estos audiovisuales falsificados con IA, rara vez puedendiscernir por sí sola la veracidad del contenido sin asistencia forense especializada. Esto debilita la confianza en los actores políticos, alimenta la polarización extrema, genera desafección electoral y facilita la manipulación de las campañas por actores maliciosos, tanto internos como extranjeros.
La República Dominicana no está exenta de estos riesgos. La reciente apertura a las candidaturas independientes y la alta tasa de abstención en los últimos procesos electorales son indicios de una creciente desafección ciudadana hacia los partidos tradicionales y su confianza en el sistema electoral completo. Si a este clima le sumamos la posibilidad de campañas de desinformación basadas en deepfakes, el escenario podría desembocar en una crisis de legitimidad política y gobernabilidad.
El verdadero peligro no radica únicamente en la existencia de estas tecnologías, sino en la actual ausencia de un marco normativo que:
Frente a este desafío, es imperativo que la República Dominicana avance hacia la implementación de una gobernanza ética de la IA, llevando al debate nacional algunas medidas claves como son:
Este marco regulatorio encuentra sólido respaldo en la Constitución dominicana a través de los artículos 8, 49 y 216, así como en los tratados internacionales suscritos por nuestro país, incluyendo la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José) y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.
Nuestras ideas no procuran en modo alguno de frenar el desarrollo tecnológico y sus aportes, sino de asegurar que su uso respete los principios fundamentales del Estado de derecho, la dignidad humana y la convivencia democrática. Si no se actúa a tiempo, la inteligencia artificial podría convertirse en un arma silenciosa que, mediante la manipulación audiovisual, desintegre los tejidos de representación democrática y conduzca a crisis de gobernabilidad de gran magnitud.
Prevenir esta deriva autoritaria y blindar la confianza pública son, hoy más que nunca, responsabilidades necesarias del Estado dominicano.





